El mejor seguro es el que esperas no utilizar nunca
- David Cedeno Lopez

- 17 ago
- 3 min de lectura
¿Cuántas veces has escuchado a alguien decir: “Llevo años pagando un seguro y nunca lo he utilizado”? Yo muchísimas y seguramente tú también lo has pensado alguna vez.
Me pasa frecuentemente con clientes que llevan años pagando un seguro médico y me comentan que procuran aprovecharlo haciéndose exámenes, analíticas, chequeos o determinadas consultas. Por supuesto que está muy bien utilizar todas esas prestaciones, pero el verdadero sentido de tener un seguro médico no está solamente ahí. Está principalmente en saber que si mañana aparece una enfermedad importante, una hospitalización, una intervención o un tratamiento de alto coste tendremos un respaldo para afrontar algo que probablemente nunca habíamos previsto.
Esto mismo sucede con prácticamente todos los seguros. Muchas veces pensamos en cuánto pagamos y cuánto hemos recibido a cambio, cuando el seguro funciona precisamente al revés. Lo contratamos esperando que aquello para lo que realmente lo necesitamos nunca suceda.
Pensemos por ejemplo en nuestra casa.
Podemos pasar veinte o treinta años viviendo en ella sin que ocurra absolutamente nada y llegar a la conclusión de que asegurarla es un gasto innecesario. Lo mismo puede suceder con nuestro negocio. Pasan los años, todo funciona con normalidad y poco a poco aparece esa sensación de seguridad que nos lleva a pensar: “Nunca me ha pasado nada, ¿por qué tendría que pasarme ahora?”.
Hace algunos años escribí precisamente en este blog sobre el miedo a tomar un seguro y contaba algo que siempre me había llamado la atención: aseguramos con mucha facilidad nuestro vehículo, pero cuando preguntaba a un grupo de personas quién tenía asegurada su casa o su negocio, normalmente levantaban la mano una o dos. Hoy vuelvo a pensar en aquello por algo que desgraciadamente acaba de ocurrir.
Hace apenas unos días conocí el caso de una persona que tenía su vivienda y su negocio en el mismo inmueble. Se trataba además de una casa que forma parte del patrimonio de su ciudad y allí funcionaba una farmacia. Era su casa, estaba pagada y allí estaban también su negocio, sus bienes y su mercancía. Por considerar que no era necesario asegurarla o simplemente por pensar que probablemente nunca sucedería nada, ni el inmueble ni su contenido estaban adecuadamente protegidos.
Hace unos días un incendio lo cambió todo. El fuego afectó gravemente el inmueble y esta persona perdió prácticamente todo lo que tenía. Su casa, sus bienes, la farmacia y gran parte de la mercancía que formaba parte de su negocio. Lo que durante años había construido desapareció en cuestión de horas y, al no estar asegurado, tampoco existe una póliza que pueda ayudarle ahora a recuperar una parte importante de esa pérdida.
Es un caso real y muy reciente que me impactó especialmente y que precisamente me impulsó a escribir este artículo. No lo cuento para generar miedo ni para decir que debemos asegurar absolutamente todo lo que tenemos. Lo cuento porque existe una enorme diferencia entre pensar “nunca me ha pasado” y asumir que “nunca me pasará”.
Además, basta mirar lo que sucede actualmente en distintas partes del mundo. Tanto en América como en Europa hemos vivido terremotos, inundaciones, incendios, tormentas y otros fenómenos naturales que nos recuerdan que hay situaciones que sencillamente no podemos controlar. Pero tampoco hace falta que ocurra una gran catástrofe. Un incendio, una fuga de agua, un accidente o cualquier otro hecho inesperado puede afectar en pocas horas algo que nos tomó muchos años conseguir.
Entonces, ¿debemos asegurarlo todo? Por supuesto que no. Para mí el sentido de un buen seguro está precisamente en identificar aquello que realmente podría cambiar nuestra vida si algún día lo perdiéramos. Nuestra casa, nuestra salud, nuestro negocio o ese patrimonio que hemos construido durante años merecen al menos que nos hagamos una pregunta muy sencilla: si mañana sucede algo importante, ¿podría asumir económicamente esa pérdida?
Si la respuesta es no, probablemente ahí existe algo que deberíamos proteger.
Por eso nunca he creído que un buen seguro se pueda valorar únicamente por cuánto lo utilizamos. Ojalá paguemos durante muchos años un seguro de hogar sin sufrir un incendio, tengamos un seguro médico sin enfrentarnos a una enfermedad grave y aseguremos nuestro negocio sin tener jamás un siniestro importante. Si después de muchos años podemos decir “pagué mi seguro y nunca tuve que utilizarlo para algo grave”, posiblemente debemos sentirnos aliviados.
Pero si algún día sucede aquello que nunca pensamos que nos iba a pasar, entenderemos REALMENTE por qué estaba ahí.





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